La siguiente es una de tantas historias de Hypatía sobre las supuestas transformaciones de Víctor Manuel Gómez.
Óscar Uzcátegui en El Hombre Absoluto escribió:
Mi padre no gustaba que nosotros, sus hijos, fuéramos a la escuela tan pequeños. Entonces él decidió enseñarnos a leer, a escribir, a sumar y restar en nuestra casa. Inclusive yendo más lejos, él no quería que fuésemos a la escuela ya que él siempre afirmó que la educación actual es meramente intelectual y daña a la larga los centros de la máquina humana, perdiendo uno contacto con las partes superiores del Ser. Por este motivo él quería ser nuestro maestro, y por ello colocó dentro de la casa un pequeño letrero que decía "Escuelita Gómez".
De este modo, nosotros, los alumnos, asistíamos a la escuela y él era nuestro maestro o profesor. Las clases comenzaban formalmente a las ocho de la mañana y nosotros asistíamos puntualmente.
Como en toda escuela es obvio que se imponían deberes o tareas a los alumnos, así cuando él nos asignaba los deberes y nosotros los hacíamos bien, entonces él nos premiaba y para alentarnos y hacerlos bien nos decía: "Si hacéis bien los deberes, ahorita vendrá un burrito precioso a veros".
Nosotros ansiosos de jugar con aquel burrito terminábamos pronto los deberes y cuando él nos calificaba y veía que estaban bien hechos, se metía entonces en un cuartito cercado tan solo por una cortina, usaba unos polvitos que utilizaba mágicamente y cuando regresaba a nosotros, ya no era nuestro padre quien venía sino un burrito muy simpático, muy mono, diríamos. Cada vez que recuerdo tal burrito me causa mucha gracia porque era de un color café, con sus orejas largas y una cola muy simpática. Aquel burrito, pues, entraba rebuznando y nosotros nos subíamos a su lomo, le jalábamos las orejas, la cola, etc. y el burrito rebuznaba muy contento. Cuando ya se fastidiaba comenzaba a marcharse, o sea a dar muestras de querer marcharse y nosotros descendíamos de él. Así volvía al cuartito y unos momentos después aparecía ante nosotros nuestro padre.
En otras ocasiones y cuando nuestro comportamiento no era bueno, cuando no hacíamos los deberes, entonces nos decía: "Va a venir la policía y los va a regañar", y efectivamente, se iba al cuartito y cuando volvía a salir estaba transformado en un policía, con su uniforme azul, su gorra o cachucha, su placa y su macana; nosotros al ver tal policía corríamos impresionados y prometíamos portarnos bien.
En otras oportunidades, queriendo nuevamente premiarnos, salía de aquel recinto convertido en una gallinita y disfrutábamos largo rato con aquella gallinita; algunas otras veces se nos transformó en una ranita saltarina, que saltaba de un lado a otro, brincaba y en medio de todo aquello nosotros sabíamos que era él, nuestro propio padre y todos nosotros no temíamos y tampoco lo lastimábamos, pero nos divertía mucho el verlo transformado en esas formas que asumía. Recuerdo bien que a la ranita nunca la llegamos a tocar, pero a la gallinita si la tocamos varias veces, suavemente.
Realmente ésa fue la forma como él nos fue enseñando a leer y a escribir etc., etc. Ciertamente él nunca quiso llevarnos a la escuela, fue a presión de nuestra madre que insistiendo muchas veces logró que él accediera y fuimos después a la escuela.